Por Luis Ahumada, Gerente de Innovación y Sostenibilidad de Abud & cía.
En la fruticultura actual, nos encontramos en un escenario donde constantemente aparecen nuevos productos y tecnologías que prometen mejorar rendimientos, optimizar manejos o resolver problemas específicos.
Ante esta oferta, surge una pregunta clave: ¿cómo sabemos si realmente funcionan?. La respuesta suele simplificarse en la palabra “validación”, pero es necesario ser claros y críticos; validar no es simplemente probar.
Validar implica seguir un proceso riguroso, basado en principios científicos que aseguren que las conclusiones sean confiables. En este sentido, es indispensable que los ensayos cuenten con un diseño experimental adecuado que permita aislar el efecto del producto o tecnología evaluada.
Sin este rigor, es imposible distinguir si un resultado se debe realmente al tratamiento o a factores externos, como la variabilidad del huerto, el clima o algún efecto sitio-especifico.
Para transformar las observaciones en evidencia sólida, es fundamental realizar evaluaciones pertinentes y bien definidas, utilizando equipamiento adecuado que permita obtener mediciones precisas y repetibles.
Medir lo incorrecto, hacerlo en el momento inadecuado o basarse únicamente en la percepción puede llevar a conclusiones erróneas, incluso cuando el ensayo parezca estar bien ejecutado.
Finalmente, el análisis de los resultados debe ser estrictamente objetivo. No se trata de confirmar expectativas previas, sino de entender los hallazgos, incluso cuando estos no son los esperados. En este contexto, el análisis estadístico es una herramienta fundamental para distinguir si las diferencias observadas son reales o producto de la variabilidad del ensayo.
Sin embargo, en ensayos de terreno, esto no es suficiente; una correcta interpretación requiere también de un criterio experto, basado en el conocimiento del cultivo y del entorno, siempre libre de percepciones, intereses o presiones externas.